Era una tarde soleada con una temperatura alrededor de 35°C, un clima habitual en estos pueblos de la costa norte colombiana. Aracataca es un municipio colombiano del departamento del Magdalena. Su nombre se ha hecho mundialmente célebre por ser la cuna del premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez y del fotógrafo y caricaturista Leo Matiz Espinoza.
Recuerdo con nostalgia aquella tarde cuando mis padres decidieron subirme en bus municipal y separarme para siempre de aquella tierra de gente cálida, de chivas que recorrían sus calles principales trayendo a desconocidos y conocidos, de sequias con corrientes de aguas frías que bajan de la sierra, de niños corriendo de un lado para otro jugando a las escondidas y entre los que ya yo no estaré mas.
Los cataqueros como se les conoce por su gentilicio popular son unos pobladores que llevan sobre sus hombres la marca de una guerra sin sentido, guerra les ha tocado vivir por estar ubicados en un lugar estratégico en la planimetría de la costa Caribe de Colombia. Ellos son un pueblo alegre de tardes de vecinos sentados en las puertas de las casas contándose historias ocurridas en el seno de sus familia, que a su vez, transitan de terraza en terraza como ese viento fresco que de vez en cuando pasa para refrescar la vida de los moradores.
Siempre es grato traer a mi mente esos domingos de río, de amigos y travesuras, ese río donde quedaron impregnadas las primeras travesuras de un infante al que me apego cuando quiero escapar de mi rutina diaria. Ese eterno lugar donde todos son amigos donde todos son vecinos y donde algunas mujeres llevan sus poncheras en la cabeza cargada de ropa para lavar, mientras sus hijos refuerzan esos vínculos de amistad y de hermandad tirándose de la piedra más alta.
A ese mágico lugar de historias macondianas y del tren de hielo es donde anhelo algún día regresar.

